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LA ANSIEDAD GENERALIZADA: MIEDO A VIVIR.

Ángel Escolar Bravo
Psicólogo General Sanitario
Especialista en Psicología familiar y educativa
Experto en Psicología de las organizaciones
Cuenta con 34 años de experiencia profesional, colaborando con numerosas organizaciones públicas y privadas dedicadas a la salud mental, la orientación y la formación psicológica.

Uno de los trastornos psicológicos que afecta a un número creciente de personas es la ansiedad generalizada. En el presente artículo se pretende describir la incidencia de este trastorno y dar conocer las medidas preventivas y tratamientos que han demostrado ser más efectivos.

A menudo encontramos en las consultas personas que han desarrollado un “miedo a la vida”. Actividades que antes desarrollaban con normalidad ahora se convierten en un desafío inabordable que se intenta evitar ; La actividad escolar, el trabajo, el tráfico, utilizar medios de transporte, acudir a un centro comercial, incluso actividades lúdicas o deportivas, que antes se disfrutaban, ahora parecen suponer una amenaza. La persona experimenta una sintomatología intensa, a nivel físico, emocional y cognitivo que dificulta notablemente llevar una “vida normal”.

¿Qué entendemos por ansiedad generalizada?

Según el DSM-5-TR* se define el Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG) como ansiedad y preocupación excesivas, presentes la mayor parte de los días durante seis meses o más, respecto a diversas actividades o eventos, no limitados a un solo tema. La persona tiene grandes dificultades para controlar esa preocupación, que se acompaña de al menos tres síntomas como inquietud, fatiga, tensión muscular, irritabilidad, dificultad para concentrarse o alteraciones del sueño y la alimentación, produciendo malestar clínico significativo o deterioro social, laboral o académico.

Es importante diferenciar el TAG de otros trastornos de ansiedad como son las fobias específicas, los trastornos de pánico – también denominados “ ataques de angustia; que son ataques de miedo intenso recurrentes con temores persistentes a nuevas crisis o cambios desadaptativos en la conducta- , Trastorno de Ansiedad inducido por sustancias o medicación y otros trastornos debidos a afecciones médicas.

Es importante recordar que otros cuadros, como el trastorno obsesivo compulsivo, el trastorno de estrés postraumático o algunos trastornos somáticos, tienen la ansiedad como componente central, pero se trata de trastornos diferentes. Estos trastornos serán objeto de artículos posteriores.

¿Es lo mismo ansiedad que estrés?

En lenguaje cotidiano se usan como sinónimos, pero desde la psicología conviene distinguirlos.
La ansiedad suele describir un estado emocional caracterizado por aprensión, preocupación, activación fisiológica y sensación de amenaza, a menudo anticipatoria, incluso sin un peligro claramente identificable.
El estrés alude más bien al proceso de respuesta del organismo ante demandas externas o internas percibidas como desbordantes, que implica cambios fisiológicos, cognitivos y conductuales; puede ser agudo (puntual) o crónico (sostenido).

En la práctica clínica, el estrés prolongado y mal gestionado actúa como factor de riesgo para el desarrollo de trastornos de ansiedad y depresión, entre otros problemas de salud física y mental. Por eso suele hablarse de estrés como contexto o desencadenante, y de ansiedad como las consecuencias en la vida de la persona que puede derivarse de ese contexto.

¿“Estrés bueno” y “estrés malo”?

En ciertas iniciativas de divulgación se ha popularizado la diferencia entre “eustrés” (estrés positivo) y “distrés” (estrés negativo), destacando que cierto nivel de activación puede ser funcional para el rendimiento o la adaptación. Esta idea se apoya en teoría como la curva de Yerkes Dodson, que postulan la existencia de un nivel moderado de activación óptimo para el desempeño en ciertas tareas. Sin embargo, la simplificación “estrés bueno/estrés malo” presenta varios problemas:

  • Biológicamente, la respuesta al estrés implica los mismos sistemas fisiológicos; lo que realmente cambia es la intensidad, la duración, el contexto y el significado que cada persona otorga a la situación estresante.
  • Lo que para una persona es un estímulo “motivador”, para otra puede ser claramente desbordante; la valoración cognitiva y los recursos disponibles modulan de forma decisiva el impacto del estrés en la vida de cada persona.
  • El mensaje de que existe un “estrés bueno” puede llevar a normalizar sobrecargas crónicas (laborales, académicas, de cuidados) que al mantenerse en el tiempo, aumentan el riesgo de trastornos de ansiedad, depresión y enfermedades físicas, aunque el sujeto las perciba inicialmente como “retos asumibles”.
  • En el contexto clínico es mejor orientar para ajustar la respuesta fisiologíca, emocional y mental de forma proporcionada a las demandas vitales. Es necesario promover los modos y tiempos apropiados de descanso y educar para una adecuada regulación emocional, antes que buscar un hipotético “estrés ideal”.

Por tanto, resulta más riguroso hablar de respuestas de estrés más o menos adaptativas según su intensidad, duración, previsibilidad, control percibido y recursos de afrontamiento disponibles, que dividir el estrés en “bueno” y “malo” como categorías diferenciadoras.

Según el DSM-5-TR Los factores que desencadenan el trastorno de ansiedad generalizada (TAG) son muy numerosos y combinan vulnerabilidades internas, tanto biológicas como mentales, con el impacto de determinadas situaciones vitales. No podemos hablar de un único factor, más bien de la suma o la interacción de varios de ellos:

Podemos diferenciar diversos tipos de factores**:

  • Factores biológicos y genéticos: como la herencia familiar o ciertos desajustes hormonales y de funcionamiento cerebral.
  • Factores psicológicos y temperamentales: como el Temperamento tímido en la infancia que puede predecir el desarrollo del TAG adulto (Schwartz et al., 1999). También hay estudios que revelan que existen determinados estilos de pensamiento, como el pensamiento catastrófico, que magnifican y anticipan en exceso los miedos ante determinadas situaciones( Clark y Wells, 1995).
  • Eventos estresantes como detonantes: En esta categoría estarían incluidos los traumas infantiles por abuso o negligencia que multiplican notablemente el riesgo (Bandelow et al., 2018). En general nos referimos a circunstancias vitales que suponen un impacto notorio como dificultades laborales, económicas, divorcio o duelo y otras circunstancias vitales negativas(Grant et al., 2005)
  • Crisis globales: Pandemias como COVID-19 duplicaron los casos de TAG por miedo e aislamiento (Asmundson et al., 2020).
  • Factores familiares y sociales: Determinados patrones educativos familiares predisponen a sufrir un trastorno de ansiedad. (Borelli et al., 2019). Los casos de abuso y maltrato, en entornos escolares y laborales suponen un factor de desarrollo cada vez más frecuente de este tipo de trastornos. (Balluerka et al., 2023)

¿Cuándo conviene consultar a un especialista?

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